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Ivanna y su mamá - 2° parte (Mi sobrina Ivanna domina la situación)

Relato enviado por : billyarg el 12/06/2011. Lecturas: 9388

etiquetas relato Ivanna y su mamá - 2° parte (Mi sobrina Ivanna domina la situación)   Amor filial .
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Resumen
Mi sobrinita entra en escena... y de qué manera!


Relato
Esta no es una historia real (aunque me hubiera gustado que lo fuera), pero está basada en situaciones y personajes verdaderos, a los que sólo les cambié los nombres y algunos lugares, como para guardar el secreto...


Al terminar de abrir los ojos, me pegué uno de los más grandes sustos de mi vida: en la puerta de la habitación, y observándonos atentamente, estaba Ivanna. Tenía puesto sólo su camisón, que dejaba traslucir todas las formas de su cuerpo, y esto a mí, una vez que se me pasó el susto, lo que me produjo fue una tremenda erección, que no alcancé a disimular con las sábanas.

Ivanna tenía clavada su mirada en mi pija, y yo no podía taparla porque si me movía la despertaba a Cristina. Al principio pensé que estaría asustada, o enojada; pero lo que vi en su mirada era un brillo que no tenía nada que ver con todo eso. Los ojos le chispeaban de emoción. Después de unos minutos pegó media vuelta y salió para el baño.

Aproveché para despertar a Cristina y le dije que sería mejor que nos levantáramos, antes que se despertara su niña y nos viera. Cris todavía estaba en el limbo de la cogida de toda la noche, y tardó en reaccionar; pero enseguida nos levantamos y yo me vestí como pude con alguna ropa de mi bolso. Cristina dijo que quería ducharse primero.

Desnuda como estaba fue hacia el baño (el único del departamento) y se metió sin pensar. De golpe se topó con Ivanna, que sentada en el inodoro se masturbaba a dos manos. Cris hizo como que no se dio cuenta (pero después me lo comentó); y salió enseguida para cubrirse con algo de ropa, antes que la nena notara que estaba desnuda (ella también me dijo después que se había dado cuenta).

Todo trató de volver a la normalidad, o al menos a parecerlo. Era sábado, y por ende Cristina no tenía que ir a trabajar; por otra parte, Ivanna estaba de vacaciones de la escuela, y a la colonia de vacaciones del club iba de lunes a viernes. Esa mañana nos dedicamos cada uno a sus cosas: Yo guardé lo que traía en el bolso en el ropero de la habitación de Ivanna; Cris estuvo lavando ropa y luego preparando el almuerzo; mientras Ivanna leía una revista, y revoloteaba por ahí, haciéndome lugar para mis cosas y mirándolo todo.

Luego del almuerzo, Cristina se fue a la peluquería, ya que quería arreglarse para que saliéramos por la noche. Me pidió que me quedara con Ivanna, pues prefería no dejarla mucho tiempo sola, y en la peluquería nunca se sabe cuánto se podría tardar. La niña estuvo de acuerdo sin ningún problema e inclusive con una sonrisa en sus labios.

Al poco de salir Cris, mientras leía tranquilamente el diario de ese día tirado en la cama matrimonial, se apareció Ivanna y se sentó a mi lado para hablarme. – Te habrás dado cuenta que vi lo suficiente para imaginarme lo que pasó entre mamá y vos anoche – Me dijo así, sin anestesia. - ¿Y qué es lo que te imaginas que pasó? – Contraataqué yo.

– No te hagas el tonto, que mamá podrá pensar que yo soy todavía una niñita, pero entre lo que leo y lo que me enseñan en la escuela, tanto los profesores como mis compañeras, sé mucho de estas cosas –

– ¿Qué cosas? – Volví a poner cara de estúpido.

– Mirá tiíto, estoy hablando de sexo, y si vos no entendés, tendré que pedirle explicaciones a mamá o, mejor, a la tía Isabel (mi esposa). Alguien me va a dar la información que me falta, pero ni mamá, y menos vos, van a quedar muy bien. ¿Qué va a opinar la tía? – Remató el discurso.

A esta altura yo me empecé a desesperar. Era evidente que se venía una especie de chantaje por parte de mi sobrinita, y la verdad es que me tenía en sus manos y ella lo sabía.

No me quedó más remedio que tratar de llegar a un acuerdo, el problema es que no tenía ni idea de qué querría la mocosa. – Bueno, ¿y qué es lo que quieres que te explique, si parece que ya sabés mucho del tema? – Le pregunté.

– En realidad sé bastante pero no todo, y aparte ya me cansé de las clases teóricas. No sólo quiero que me completes la información, si no que también necesito demostraciones prácticas. – Me largó de sopetón.

Mis reacciones fueron varias, primero de pánico ¿qué iba a hacer yo con esa niña?; después pasó a ser de asombro porque fuera tan desfachatada; al final, luego de recordar su cuerpo casi desnudo en la cama y dentro de su pequeño camisón transparente, pasé a excitarme como hacía tiempo no me pasaba. El short que tenía puesto apenas aguantaba la presión de mi pija erecta, y esto era más que evidente.

– ¿Qué pasa tío, vos no te decidís pero tu pene ya quiere dar una demostración? ¿Por qué no le hacés caso y mientras vemos la práctica me vas comentando los puntos teóricos que me faltan? – Preguntó ya sin ningún tapujo.

No me quedó más remedio que seguirle la corriente; era evidente que no la iba a poder pasar así nomás. La nena (¡Qué nena!) estaba decidida y tenía las riendas de la situación. – Bueno, ¿por dónde querés que empecemos? – Le pregunté, vencido.

Primero puso las reglas de juego, y estas consistían principalmente en que sería ella la que decidiera hasta dónde llegar. Si me llegaba a pasar de la raya, lo pagaría caro. Lo más importante era que ella no quería perder su virginidad; lo demás lo iría fijando en el camino.

Hechas las aclaraciones, se quitó por la cabeza el vestidito que llevaba puesto y quedó totalmente desnuda delante de mí. – Quítate la ropa, así estamos los dos iguales, y comencemos de una vez – Ordenó.

Me saqué el short (por ser de baño, no llevaba calzoncillos debajo), la remera y mis alpargatas. De esta forma, yo también estaba como Dios me trajo al mundo (salvo mi alianza matrimonial, que no me animé a quitarla). Mi pija (o pene, como le decía ella, porque ahora son más modernos) le apuntó directamente a ella. Estaba durísima, como cuando era mucho más joven.

Pero no voy a seguir hablando de mí; lo importante era ella. Es realmente una mocosa sensacional, no se puede creer. Como ya comenté anteriormente, Ivannita es rubia y de ojos grises. Pero esto no dice mucho, o al menos no todo. Su carita es la de una muñequita; chiquita, pero con todo proporcionado: la boca; la naricita respingona, que casi parece de cirugía; hasta la frente, el mentón y las orejas; pero lo más impactante siguen siendo sus ojos, apenas “achinados” y de un gris casi transparente, parece un gatito. En síntesis, preciosa, hermosa, o como le quieran decir, no alcanzan los adjetivos.

Y debajo de esa cara enmarcada en su lacio cabello rubio, que le llegaba a media espalda, un cuerpo, de niña casi mujer, maravilloso. A pesar de ser alta se la ve muy menuda; sus hombros, donde descansa su largo cuello, son angostos y luego me morí admirando sus pechos. Chiquitos, que poco sobresalían de su torso, y unos pezones acordes, con una aureola pequeña y las puntas que, duras como estaban, no sobresalían mucho. Al igual que los de su madre, estaban tostados con el mismo tono que el resto del cuerpo.

Como sería mi embale, que hasta me quedé extasiado con su ombligo; chiquito como todo en ella, pero rodeado de una piel tersa y un abdomen plano. Al finalizar éste, una pequeña mata (en realidad apenas una pelusa) de vellos púbicos, que entre los pocos que eran, y tan rubios, apenas se notan.

Sobre la vagina propiamente dicha no tenía ni un solo pelo, y se veían sus pequeños labios como si hubieran sido depilados; pero evidentemente nunca habían tenido un solo pendejo allí, ni sabía lo que era usar la cera.

Su cola y sus piernas son un capítulo aparte. Estas son las partes del cuerpo que más ha desarrollado. La colita ya está paradita y bien formada; y sus piernas con el contorno de las de una mujer, salvo sus rodillas, que por lo redondas delatan su juventud.

Luego de mirarla (y admirarla) me di cuenta que tampoco su cola tenía la más mínima marca de sol. Se lo dije, y me aclaró que ella era mucho más audaz que su madre, ya que mientras Cris toma sol en topless en la terraza, ella lo hace totalmente desnuda. – Mamá no dice nada, porque piensa que soy una nena – Aclaró. – Sólo me pide que me tape la conchita para que no me haga daño el sol –

No me dejó mucho tiempo para la admiración, ya que enseguida volvió a tomar las riendas. – Bueno, primero quiero conocer de cerca cómo son los hombres – Fue lo primero que dijo. – Recuerdo que en una época solía acariciar el pecho de papá y me encantaba jugar con sus pelos, pero él no tenía ni la mitad de los que tenés vos – Prosiguió.

Y así fue como me recostó de espaldas sobre la cama (la de su madre) y comenzó a jugar con el abundante vello que cubre mi torso. Luego de entrelazar sus dedos y tironear un poco, lo que me produjo algo de dolor, pero un inmenso placer; no se le ocurrió mejor idea que jugar con mis tetillas. Primero las acarició y enseguida se pusieron duras; allí le empezó a pasar la lengua y a succionarlas como si fueran las tetas de su madre. – A pesar de los pelos, son muy ricas tu tetitas – Me dijo. Y a continuación le pegó unos mordisquitos que me volvieron más loco, si fuera posible.

Luego siguió bajando, hasta llegar al triángulo de pelos, que desde mi pubis se juntan con los del pecho. – Acá también sos repeludo – Dijo, mientras me acariciaba los pendejos. – Las veces que pude espiar desnudo a papá, no tenía ni la mitad del vello que tenés vos – Concluyó.

Ahí le expliqué que los morochos solemos tener mucho más vello en el cuerpo que los rubios, e inclusive más grueso; y por eso se veían tan diferentes. – Es lo mismo que va a pasar entre tu mamá y vos; nunca te vas a ver tan peluda como ella, y tal vez no te haga falta depilarte cuando seas grande.

¿Para qué habré dicho eso? Se puso furiosa. – ¡Yo ya soy grande!, ¿o no ves que mis pechos ya se notan y que, aunque sean pocos, ya tengo vello púbico? – Casi me gritó. – Calmate – Le pedí – Quise decir que más adelante, cuando seas más grande, igual no vas a tener una gran cantidad de pendejos. El estado en que se encuentra mi pija te puede decir que no te considero una niña, justamente – Terminé para calmarla.

– Bueno – Refunfuñó – Sigamos con lo nuestro; por ahora te perdono – Y volvió a acariciar mis pendejos, que era donde había dejado pendiente su tarea.

Pero se entretuvo poco con ellos, y enseguida pasó a la parte que evidentemente más le interesaba. Tomó entre sus manos mi verga, y comenzó a acariciarla lentamente. Lo hacía casi con reverencia, despacio, y como si no llegara a tocarla. Esto a mí me producía unos escalofríos que ni te cuento. No es que estuviera por acabar, ya que para ello necesito un movimiento más directo; pero me estaba volviendo loco.

Le explique como tenía que hacer para tirar la piel para atrás y poder acariciar la cabeza. – Hacelo despacio, porque al no estar mojada me puede doler – Le pedí. Y así lo hizo; y, como si supiera, paso a mis bolas; y también las acarició con mucha suavidad – Si te aprieto muy fuerte duele, según dicen – Comentó. – Es verdad, pero si lo seguís haciendo así, está muy bien, y me encanta – Le respondí.

A esta altura no les cuento cómo me estaba poniendo. Si seguía así iba a lograr que me corriera por primera vez sin tenerla adentro de un agujero ni con el movimiento de una paja. Enseguida preguntó cómo se hacía para que estuviera húmeda y no me doliera. – La mejor forma de humedecerla es con saliva, con tu saliva – Le dije ya mucho más entusiasmado por lo que veía venir.

– ¿Para eso te la tengo que succionar? – Qué palabras difíciles que usan los chicos de estos días, con que dijera chupar alcanzaba. – Sí, primero le pasas la lengua por todo el palo, como si fuera un chupetín; y luego sí te la puedes meter en la boca, o al menos lo que te entre – Dije, tirándome a la pileta, porque veía que había agua.

Así fue como comenzó la primer mamada de su vida, y que conste que en poco tiempo se convirtió en una experta. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. - ¿A vos te gusta que te la succione (otra vez esa palabrita) tanto como a mí me gusta lamértela? – Preguntó cándidamente. – A mí me encanta, pero tengo que avisarte que si sigues así, pronto voy a largar mi leche dentro de tu boca; y no sé si te va a gustar – Le advertí.

Tampoco a esto le hizo el más mínimo problema, ya que estaba convencida de probar todo lo que pudiera, y después recién decidir si algo no le gustaba. Entonces le fui enseñando a chuparla de forma tal que me iba pajeando a la vez, ayudándose con la mano. La punta de mi verga y una parte del tronco entraba en su boca y volvía a salir, casi hasta escaparse. No se la podía meter toda, pues su boca es muy chica, pero con el tiempo va a aprender a relajarse y poder tragar más centímetros.

No me llevó mucho tiempo llegar al orgasmo y le grité - ¡Ahí va, estoy acabando!, ¡tomate mi leche, tomátela toda, nena! – Y empecé a largar semen a raudales. Hacía tiempo que no tenía un orgasmo tan fuerte en una relación oral. La primera parte le cayó en la boca, pero enseguida empezó a atragantarse y se la sacó de la boca. La mayor parte de la leche le cayó en la cara, el pelo y lo último en su pecho.

Estaba hecha un asco, toda pegoteada, pero se veía divina. Nunca pensé que me iba a calentar tanto ver a la niña cubierta de leche - ¿Y bien, qué te pareció? – Le pregunté. – Es riquísima, ¡genial! – Fue su respuesta, mientras se esparcía la leche que le había caído en el pecho por todo el cuerpo, y luego llevaba la de la cara a su boca y se lamía los dedos, como si tuvieran dulce de leche.

– Ahora que ya te conocí a vos, quiero que hagas algo por mí – Fue lo siguiente que dijo; y quiso que le hiciera a ella todo lo que correspondía a un hombre hacerle a una mujer. – Pero sin penetrarme – Aclaró, por si hacía falta. – Ya sabés que quiero seguir virgen.

La puse boca abajo sobre la cama, diciéndole que empezaríamos por atrás. – Si no te molesta, me voy a sentar encima de ti, para poder seguir adelante – Y así lo hice, ya que no dijo nada en contrario. Me senté directamente sobre su cola, acomodando mi entonces fláccida pija entre sus cachetes; le corrí el pelo y comencé a lamer su cuerpo, empezando por las orejas y su cuello. En pocos segundos se estaba volviendo loca, así que dejé un poco la tarea, porque quería hacerla durar.

De ahí fui bajando con la punta de mi lengua a lo largo de su columna. Apenas si la rozaba, pero Ivannita temblaba como una hoja. Mientras recorría su espalda con la lengua, pasaba la punta de mis dedos por sus costados, inclusive acariciando apenas los bordes de sus pechos.

Cuando vi que ya estaba bastante loca, me deslicé de su cola para atrás, y abriendo sus piernas me senté entre las mismas. Ahí comencé a acariciarle las nalgas, y poco a poco me fui arrimando a la raya de su culo. Primero le pasaba la yema de los dedos y la rozaba con las palmas de mis manos; luego seguí con mi boca, mis labios y mi lengua.

¡Qué sabor! No puedo creer que un orto pueda oler a rosas, a jazmines, qué se yo. Le abrí un poco más las piernas y le pasé la punta de la lengua por el agujerito, sin llegar a penetrarla, pero haciendo bastante presión sobre ese precioso orificio; y ella respondió con un estremecimiento, y temblando como una hoja. Luego pasé mis manos por sus piernas, y se le puso la piel de gallina, como decimos nosotros. Cuando llegué a la planta de sus pies los sacó enseguida; evidentemente le hice cosquillas.

Suavemente la fui dando vuelta, y lo hice despacio, por ella y por mí. Me extasiaba irla viendo de a poco; volver a descubrir ese cuerpo celestial que volvía a admirar. ¡Es preciosa! ¡Mamita!

Me puse a su lado, ya que tenía miedo de no contenerme y penetrarla si me sentaba sobre ella, como lo había hecho cuando estaba dada vuelta. Primero la besé en los labios y jugamos así un rato; de a poco fui penetrando su boca con mi lengua, y allí se cruzó con la de ella. Mientras nos besábamos le acaricié sus pechos y su vientre.

Luego fui bajando hasta alcanzar las tetitas. Son tan pequeñas que no las puedo tomar entre mis manos, pero son deliciosas. Le pasé la lengua por los pechos, y después de un tiempo llegué a sus pezones. Crecieron mucho al lamerlos, y estaban duritos como piedras. Esta vez no hice a tiempo de parar, y llegó a su primer orgasmo en manos de un hombre, ya que por cuenta propia había tenido varios antes de mí.

Gritó como una desaforada; saltaba en la cama que parecía Linda Blair en El Exorcista. Nunca me había pasado que una mujer tuviera un orgasmo como ese, con sólo chuparle sus pechos.

No la dejé descansar. Comencé a jugar con la lengua alrededor del ombligo, mientras con una mano le acariciaba las piernas, de abajo hacia arriba, pasando por el interior de sus muslos y volviendo al vientre. Siempre sin tocar su conchita.

De a poco retomé el camino descendente y cuando pasé por sus pendejos, jugué con ellos e inclusive puse unos cuantos entre mis dientes y le pegué un pequeño tirón. El grito que pegó no fue justamente de dolor, si no de placer; a esta altura estaba casi al borde de otro orgasmo.

Y este llegó cuando mi boca rozó por primera vez sus labios vaginales. Bastó tocarla apenas para que comenzara nuevamente a saltar y gritar como una loca. Realmente parecía poseída. Y pensar que todavía no me había arrimado a su clítoris.

Pero antes de eso, le fui abriendo los labios y penetrando su vagina con mi lengua. En realidad, ya se había convertido en un lago, y mi lengua pasó a ser un buzo que exploraba en las profundidades. – Estoy temblando otra vez, no puedo más – Casi suplicó Ivannita. – ¿Qué más vas a hacer conmigo? – Le respondí que sólo lo que ella quisiera. – Voy a seguir adelante mientras vos no te opongas – Y agregué, por si acaso: – Siempre respetando tu virginidad –

No esperé respuesta, y seguí; ella quería aprender y yo me desvivía por enseñarle. Era la mejor alumna que pueda tener en mi vida. Así que comencé a lamer la zona de su clítoris, hasta que éste se asomó de su capullo. No había dado más de media docena de lamidas directas en su botoncito, cuando su delirio comenzó de nuevo. Si los anteriores orgasmos habían sido intensos, este fue monumental. Gritaba y saltaba sin ton ni son; pidiendo una vez que parara, y a la siguiente que le diera más.

Cuando se calmó, no sabía si había tenido un gran orgasmo o si fueron varios seguidos, porque estuvo en éxtasis varios minutos; pareció una eternidad. Quedó totalmente despatarrada y en un estado de relajación total. Por un rato no pudo ni abrir sus ojos, y cuando lo hizo, ya no vi esa mirada dominante, si no que tenían una mezcla de placer, agradecimiento y creo que también de amor.

Después de un rato me dijo: – Ahora tenés que decirme vos cómo seguimos, sos el maestro y yo tu alumna – Y esto me llenó de sorpresa. Evidentemente la experiencia que había pasado cambió mucho su actitud.

– Lo próximo y último que te toca (siempre pensando en que sigas virgen) es el sexo anal – Le dije, como para ver cuál era su reacción. – Voy a hacerte la colita, para que veas cómo se puede disfrutar del sexo de distintas maneras, especialmente si no quieres usar el otro agujero –

Ante esto, puso cara de preocupación. – Pero eso duele mucho – Fue su comentario. – Todo el mundo lo dice –

Traté de tranquilizarla, explicándole que si se hace con cuidado, y muy bien lubricada, el dolor al principio era tolerable, y luego dejaba paso al placer. También le dije que yo era algo así como un experto en hacer la cola, ya que me gustaba muchísimo y hacía lo posible porque la mujer con que estuviera, también lo disfrutara.

Fue suficiente para convencerla, así que volvía a acostarla boca abajo, previo poner una almohada bajo su vientre, y comencé a trabajar su culito con mi lengua. Poco a poco y sin apuro fui llenándole el agujero de saliva y comencé a penetrarla con la lengua. A esa altura entraba sin problema, ya que entre la cantidad de saliva que tenía, y lo relajada que estaba Ivanna, su esfínter fue cediendo poco a poco.

Cuando lo creí conveniente, reemplacé mi lengua por el dedo índice, y no paré hasta que logré meterlo completo en su orto. Luego comencé a cogerla con el dedo, metiéndolo y sacándolo despacio, pero sin parar. El próximo paso fue repetir el mismo proceso, pero con el pulgar de mi mano. Esta vez fue más rápido, ya que estaba muy abierta y lista.

– Ahora voy a penetrarte – Le dije. – Mantenete así, relajada, y no vas a sentir casi dolor – Culminé mi discurso. Me arrodillé entre sus piernas, le levanté un poco más las caderas y apoyé la punta de mi verga (previamente mojada con saliva) en el agujero tan deseado. Hasta ahora no había dado muestras de mucho dolor, así que decidí seguir adelante

Le fui metiendo poco a poco la puntita, mientras veía que su pequeño orto se iba agrandando. Esta vez los gemidos eran de dolor, y no de placer, pero yo sabía que esto iba a acabar pronto. Cuando tuve toda la cabeza adentro, vi que algunas lágrimas le caían de sus ojos, y me di cuenta que le dolía más de lo que demostraba.

Comencé a masturbarla con una mano, mientras con la otra le sostenía la cadera para que no se moviera demasiado y le produjera más dolor. Reaccionó enseguida a mis caricias, y de a poco fue distendiéndose más, hasta que sentí que su culo se abría por completo, y en ese momento aproveché para meterle todo lo que quedaba de mi pija afuera.

Fue espectacular, ya que a la hermosa sensación de estármela culeando por completo, se sumo el que ella alcanzara en ese momento otro orgasmo; y su cuerpo se moviera alrededor de mi pija como si fuera una serpiente gigante. Y entonces empecé a moverme yo, ya sin preocuparme por su dolor, comencé un mete y saca en su cola, que me llevaba ora hasta el fondo de sus entrañas, ora casi hasta salirme del agujero.

No me llevó mucho tiempo acabar en un tremendo orgasmo. ¡Qué manera de echarle leche! Llegó un momento que ya no entraba en su culo y se escapaba hacia fuera. Pero lo mejor es que ella estaba acabando otra vez, y ya iban no sé cuántos orgasmos que tenía. A mi ya se me había achicado nuevamente y se me salía de su agujero, pero ella seguía gritando como descosida. Su orgasmo era interminable.

Cuando por fin paró, mi pija ya estaba totalmente fuera de ella. Se dio vuelta y comenzó a lamerla hasta dejarla toda limpita. Por desgracia yo ya no estaba para otra erección, pero de todas maneras, disfruté mucho de sus labios, y la correspondí chupándole despacito la concha, en una especie de 69, pero de costado.

Así nos quedamos, medio dormidos, medio inconscientes; hasta que fuimos despertados por un grito. Era Cris, que había vuelto de la peluquería (nos olvidamos por completo de ella) y nos encontró en la misma posición en que habíamos caído rendidos; mi verga todavía estaba en parte dentro de la boca de Ivanna.

En ese momento no pude descifrar la mirada de Cristina, pero creo que era mayormente de odio. Aunque también había celos y por qué no lujuria.

Pero lo que viene ya formará parte de la continuación de esta historia... Que será pronto, con la tercera y última parte.

Un abrazo,

Billy [email protected]

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